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Historias


Las abducciones ¡vaya timo!

Las abducciones ¡vaya timo!
de Luis R. González

Ed. Laetoli
136 páginas
ISBN: 978-84-924220-0-5
13,00 euros

Los «investigadores» de ovnis han tenido predilección siempre por las palabras rimbombantes, así que los estadounidenses empezaron por apropiarse de un término legal anglosajón para darle a la cuestión un mayor empaque, y más tarde sus imitadores de lengua castellana pronto desecharon la traducción correcta: secuestro. Porque de eso se trata cuando hablamos de abducidos, de personas supuestamente secuestradas a bordo de ovnis y a las que, según ellas, sus captores dejan en libertad tras someterlas a diversas pruebas y exámenes. Luis R. González realiza en este libro una divertida disección del fenómeno, que tiene más que ver con el folklore y la psicología de masas que con los «extraterrestres». La primera acepción en castellano de la palabra abducción es: «Proceso lógico para llegar a la mejor explicación para un conjunto de hechos». Justo lo que el autor pretende hacer en este libro.

Luis R. González (Asturias, 1958) es MBA por ESADE, Barcelona, y activo colaborador de las revistas Stendek, Cuadernos de Ufología y Anomalía, así como de La Alternativa racional y El Escéptico, portavoces del movimiento escéptico español. Ya en 1980 colaboró en la revista internacional UPIAR Research in Progress y, más recientemente, en la estadounidense The Anomalist y las británicas Magonia y Fortean Times. Ha trabajado en la génesis y consolidación de la Fundación Anomalía, de la que es patrono.

Un fragmento del texto:
¿En qué se parecen un granjero del Amazonas, una pareja multirracial norteamericana y un supuesto miembro de las fuerzas de ocupación de Austria tras la Segunda Guerra Mundial? Lo siento, no hay ningún premio por adivinar que son los protagonistas de los tres primeros ejemplos en salir a la luz de lo que ha dado en llamarse abducciones por alienígenas, también conocidas como encuentros del cuarto tipo...

Si alguien tuviera la curiosidad de consultar un diccionario (ahora también accesible en la Red), descubriría que la primera acepción en castellano de la palabra abducción es: «Proceso lógico para llegar a la mejor explicación para un conjunto de hechos». ¡Bingo! Justo lo que pretendemos hacer en este viaje. Pero, ¿qué tiene que ver eso con los incidentes de los que todos hemos oído hablar? Verás, los ufólogos o investigadores de ovnis siempre han tenido predilección por las palabras rimbombantes, así que los estadounidenses empezaron por apropiarse de un término legal anglosajón para darle a la cuestión un mayor empaque, y luego, claro está, sus imitadores de lengua castellana pronto desecharon la traducción correcta: secuestro. Porque de eso se trata, de supuestas personas secuestradas a bordo de ovnis y a las que, por increíble que parezca, sus captores dejan en libertad... tras someterlas a diversas pruebas y exámenes.

El más antiguo de nuestros relatos es el protagonizado por el granjero brasileño Antonio Vilas Boas, quien en una carta enviada en noviembre de 1957 a un periodista famoso por publicar artículos sobre ovnis, contó su aventura apasionante (en más de un sentido). Cierta noche de octubre —aseguraba—, mientras trabajaba sus tierras con un tractor, había sido capturado por un grupo de hombrecillos con escafandra que lo condujeron al interior de un platillo volante donde le extrajeron sangre del mentón y lo dejaron desnudo sobre una litera tras pasarle una esponja por todo el cuerpo. Entonces, una atractiva mujer rubia (pero cuyas partes pudendas eran pelirrojas), de aspecto achinado y algo más bajita que él, entró también desnuda en la habitación y mediante señas consiguió que Antonio se portase como un semental... y dos veces (vale, tenía 23 años). A continuación, los seres con escafandra volvieron a entrar, le devolvieron la ropa y lo dejaron tranquilo un rato. Tan ignorado llegó a sentirse Antonio que intentó llevarse como recuerdo un extraño reloj, pero lo descubrieron. Como atenuante añadiré que los extraterrestres se habían quedado antes con su mechero. Quizá por esa razón no reaccionaron con violencia. El que parecía el jefe se limitó a llevarle a dar una vuelta por el exterior de la nave, y después le permitieron irse sin mayores difi cultades. Durante todo el tiempo, la comunicación fue sólo por signos, aunque el brasileño tampoco manifestó gran curiosidad por saber más de sus anfitriones.

[...sigue en el capítulo 1: El trípode fundacional]





2008-05-23 23:10 | Enlace




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